05 mayo 2010


Mientras los niños comían gelatinas de uva y de naranja pasé lentamente mi mirada sobre cada uno de los adultos que alegremente conversaban y jugaban una cosa parecida al scrable: una señora de mediana edad, con el cabello cuidadosamente peinado, de apariencia afable, elegante, menuda, la típica apariencia de las personas de alta sociedad; un joven rubio que debió dedicar un tiempo considerable en su arreglo personal, sin ningún pelo fuera de su lugar, una barba crecida con esmero; y al lado, su pareja, una chica más común en su actuar, en su vestir, a fin de cuentas común y no corriente; en el otro extremo, y no precisamente de la mesa, un desaliñado y simpático muchacho atento a todo lo que sucedía en su entorno y a la vez concentrado en la formación de palabras, ojos vivaces, despreocupado, sonrisa franca, cabello alborotado. Finalmente el centro de la confusión, de negros ojos grandes, largas y rizadas pestañas, dentadura perfecta, alto, delgado, blanco (como Ken, dijo Pame), vistiendo una camisa de manga larga azul, creo que con algunas delgadas rayas...


que alguien me explique como sucedieron las cosas. Porque yo estaba aún asimilando los nuevos sucesos en mi vida, la nueva escuela, un horario bastante desagradable cuando mi acompañante lo llamó "Largo..." y dijo algo más que no recuerdo, pues mi mente quedó nublada al contemplar aquel hombre tan apuesto. Cinco minutos después entramos a la plática de inducción juntos ¡no lo podía creer!


y de pronto me encuentro en la casa de aquel apuesto joven a quien ni siquiera en sueños pensé hablarle, conviviendo con su madre y sus hermanos a quienes de ninguna manera hubiera imaginado que podía conocer, y lo que es aún más increíble es que estoy en su casa porque es la fiesta del primer año de vida de su hijo, a quien he tenido la dicha (porque sobra decir que es un chiquillo hermoso, lo que dirían por ahí un "Bebé Gerber") de cuidar en más de una ocasión, cargar, alimentar, cambiar pañales y acunar en mis brazos.


(¡Ah! si pudiesemos contar las vueltas que da la vida...)


y por si no fuera una historia lo suficientemente increíble, resulta que la mamá del bebetito es nada más y nada menos que una de mis mejores amigas


(...es como si pudiésemos contar las estrellas en el cielo)


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